El juego de las escondidas, ese juego que en nuestra niñez todos lo hemos jugado, últimamente me ha causado muchos problemas. Desde hace un par de semanas no lo juego por diversión, sino por obligación. Mi padre hace un mes viene llegando borracho a casa, me pega a mí y le pega a mi madre. Ya no lo soporto más. Ahora cada vez que escucho su auto estacionarse en la entrada, salgo; me dirijo hacia el mercado que queda cerca de casa. Me siento una cobarde por dejar que mi madre sufra sola los maltratos de su marido borracho. Pero no tengo opción.
Sólo tengo apenas 11 años. Me quiero cuidar a mí misma. Sé que estoy siendo egoísta, pero últimamente los golpes están siendo más fuertes. Ya no lo soporto.
Escucho a mi padre gritar mi nombre, me escondo, sé lo que puede pasar si él me encuentra, lo veo dirigirse hacia mí, corro hacia otro escondite, veo que él me vió, me persigue. Corre detrás mio, él es más rápido y más fuerte que yo. Me alcanza en unos segundos. Me lleva arrastrando hasta mi casa, grito, pero por la cara de los compradores, se ve que ellos creen que soy una niña malcriada que no hace caso a sus padres.
Mi padre me hace entrar a la fuerza a casa. Veo a mi madre llorando en una esquina, había un pequeño charco de sangre en el agua. Mi padre me grita. Noto que está más bebido que de costumbre. En un momento, mi padre sale afuera, vuelve a entrar con un bate de béisbol que pertenecia a mi difunto hermano que murió de cáncer. Le suplico por mi vida. No tiene compasión, me da con el bate un fuerte golpe. Luego otro y otro. El último golpe acabó con mi pequeña vida. Me acuerdo que lo último que dije fué:
-"¡Papá, no me voy a esconder más!-"
Yo ya lo perdoné, lo que hizo fué producto del alcohol. Hoy, todavía me escondo. Ya no sé de quien. Pero me escondo.
Narela Closas