Todo comenzó, ese fatídico día en que unos niños traviesos jugaban el la costa del rió. Se mojaban, se tiraban de un chapuzón como si
fuera una pileta, hacían castillos en la arena, se cubrían con la tierra que había ahí, y otras cosas típicas de su edad. Eran siete chiquillos, los siete
de la suerte los llamaba el pueblo. Seis niños y una niña. Allan, Jorge, Pablo,
Diana, Richard, Lorenzo y José, eran sus nombres. Toda la diversión acabó cuando
Lorenzo cayó de cara a la arena. Al principio, todos creyeron que su amigo se había tropezado con una piedra. Grande fue la
sorpresa de los niños al saber que su compañero de juegos no se había caído por
la culpa de una piedra, si no con algo más horripilante.
Al
niño había topado con una máscara,
no una mascarilla de carnavales, que son todas coloridas y lindas; si no
una máscara grande y oscura, como esa la que se usan en las sectas. Lo que mas
impactaba del elemento en cuestión era que estaba hecho totalmente de hierro. Tenía un par
de huecos grandes sobre lo que supuestamente eran los ojos y ,otro, de mayor tamaño en lo que se espera parecía ser la nariz,
Richard,
el gracioso del grupo, empezó a aplaudir mientras decía:
-Alabado sea el herrero que la hizo.- El resto del grupo se reía por el comentario de su amigo.
Entre
medio de las risas, Diana dijo:
-¡Chicos, mejor vayámonos a casa!. Nuestros
padres deben de estar esperándonos.
-Bueno, pero ¿Quién se queda con la
máscara?- Preguntó el listo del grupo, Allan.
Luego
de esa frase el equipo tuvo una acalorada discusión por quien se quedaría con el hallazgo. Al final, acordaron que cada uno tendría la mascara un día por
semana. Iban a llevársela por orden alfabético Hoy la transportaría Allan, mañana Diana, pasado Jorge, el día después de ese José , luego Lorenzo,
despues Richard y por último Pablo.
Una
vez que acordaron la situación cada uno se dirigió hacia su casa. Lo curioso,
es que ninguno nunca llego a su respectivo hogar. Jamás se supo nada de los
siete de la suerte. Lo único que encontraron de ellos eran la mochila de cada
uno a un par de cuadras de sus hogares, y arriba de la mochila de Alan, una
mascara de hierro, muy rara. Nadie había notado que detrás de ella había una inscripción que decía:
"La maldición renace"
Autora: Nare Closas

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